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Análisis | Kiznaiver: el experimento innecesario

Diría que no puedo imaginar un mundo en el que alguien pueda creer necesario diseñar un experimento para conectar los sentimientos de las personas, pero mentiría. La nuestra, se dice, es una era de narcisismo. Inundados de información, con la cabeza metida en las pantallas de nuestros smartphones, sólo atendemos a nuestros propios prejuicios. Sabemos, porque es imposible ignorarlo, que vivimos en un mundo horrible en el que hay quien cree que puede masacrar a otros porque no profesan su misma fe o expresan una sexualidad que difiere de la nuestra o, simplemente, quieren vivir en paz. Nos indignamos, claro, pero la furia sólo nos dura unos minutos. Damos la vuelta a la página y vemos una nueva cosa que merecería que alguien se ocupara de ella. No podemos con tanto.

Pero tampoco hay que ir tan lejos. Tenemos los sentimientos tan anestesiados que, a veces, también perdemos de vista a quienes están frente a nosotros. Decimos cosas muy crueles sin darnos cuenta y no nos detenemos a escuchar lo que el otro tiene que decir. Nos han enseñado que el otro es un medio o un estorbo, según sea el caso, que lo importante es perseguir nuestros sueños a toda costa y que cada quién se salve como pueda. Así que no sólo no podemos hacernos cargo de todo lo que está mal en el mundo; poco a poco perdemos el ímpetu de querer hacerlo, incluso con lo más inmediato. Esa es la era en que vivimos.

Es probable que exagere, pero quizá no falte mucho para que alguien decida hacer un experimento como el de Kiznaiver. Inconsistencias aparte, unir a un grupo de individuos a través del dolor parte de la suposición explícita de que esa es la mejor manera de llegar a lo profundo del corazón y quizá no se equivoquen. Por ejemplo, Melanie Klein pensaba que, para ser capaz de ver al otro como un todo y relacionarse con él, era indispensable que el temor ancestral a ser destruido se transformase en el temor a destruir al prójimo. Mediante esa transformación, la escala de valor también cambia: la propia supervivencia se subordina al vínculo. Esa posición, que Klein llamó ‘depresiva’, sería la que permite identificar al ‘otro que hay en mí’ y reconocernos, también, en los demás.

Todo mundo quiere ser especial para alguien, dice Noriko en el primer capítulo y, también: todos desean dejar su cicatriz en otro. Para ella es claro que la única forma de estar verdaderamente conectado con otro es mediante el dolor. Tristemente, parece haber olvidado que no es la única manera.

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Sin embargo, siguiendo esta lógica, el experimento Kiznaiver entra en juego uniendo a siete individuos (que Noriko llama los ‘Siete Pecados Capitales’), borrando artificialmente algunas de las barreras del yo. La más obvia es la del dolor, pero no es la única: la convivencia cotidiana (incluso si es un tanto forzada), suele tener el efecto natural de tender puentes entre unos y otros. En ese sentido, Nico, The Eccentric Headcase, es honesta desde el principio: acepta toda la situación con buena disposición y pronto es claro que su (¿falsa?) excentricidad no es sino la manera en que refleja su deseo más preciado: el de ser especial (para alguien). En contraste, Honoka, The High and Mighty, no desea entablar ninguna relación profunda con nadie y se resiste con tozudez. A ella, la experiencia le ha enseñado que el amor también es destructivo y por eso le rehúye. No obstante, tampoco es insensible a la paciente persistencia de Yuta, The Cunning Normal, que, por más superficial que se empeñe en parecer, alberga el deseo de vivir un amor genuino y sabe que nadie entiende más de amor que un corazón roto.

Con Tenga ocurre algo parecido. Aunque sus antecedentes nunca son explorados con detalle, es claro que detrás de la fortaleza hay fracturas que se resisten a salir. De ahí la importancia de confesar sus sentimientos a Chidori, a sabiendas de que sería rechazado. Tenga necesitaba descubrir que la mayor fortaleza está en mantener la frente en alto pese a las heridas y sospecho que, en el fondo, eso es lo que Nico tanto le admira.

El caso de Chidori, que es de los últimos en resolverse, es de un progreso aparentemente modesto, pero no menos importante. De un carácter llevadero en general, aunque puntilloso en algunas cosas, Chidori parece la más ‘normal’ en ese grupo. Chidori parece ser ajena a todo lo que no fuera Katsuhira, pero creo que pocos se darán cuenta de que era, en realidad, la más aislada. No fue capaz de establecer relaciones significativas con nadie, ni siquiera con el objeto de su afecto. Pese a que él muchas veces manifestó sus tribulaciones en voz alta, Chidori no lo escuchaba de verdad, sólo estaba atenta a cualquier cosa que le indicara que ella sería la elegida y no Noriko. Tenga fue capaz de ver que, detrás de esa gruesa capa de sensatez rayana en terquedad había una persona real y se enamoró de eso. Ella tardó un poco más, pero logró algo que en la vida real es muy difícil: identificar el propio egoísmo y empezar a trascenderlo.

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Curiosamente, al final el experimento resultó ser lo de menos. Katsuhira se encontró a sí mismo reencontrando los sentimientos que tenía por Noriko y ella correspondió —no sin causar disturbios, es verdad— soltando el dolor que resguardaba celosamente, como quien guarda objetos que le recuerdan tiempos mejores. Eso la obligará a arriesgarse a otro tipo de relación, a salir de su soledad por una ruta más larga y quizá más tortuosa: la de mirar al otro, intentar adivinarle el pensamiento y, en última instancia, a reconocerse a sí misma en los demás. No hay experimento que pueda acortar esos caminos y así está bien. Después de todo, las marcas que la vida nos deja en la piel tanto como en el corazón, son las huellas de lo transitado y los altares de quienes nos han acompañado.

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Kiznaiver formó parte de la temporada de primavera de 2016. Fue producida por el estudio TRIGGER, dirigida por Hiroshi Kobayashi y escrita por Mari Okada. Está disponible mediante el servicio de Crunchyroll.

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Psicólogo, psicoanalista y especialista en temas sobre Japón, su cultura y su sociedad. Entusiasta de las historias y sus lenguajes.

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