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Análisis | Sailor Moon: un fantasma de otros tiempos

Soy de los que esperé con ansia el estreno de Sailor Moon Crystal; desde el principio se manejó que esta nueva versión sería más fiel que su antecesora a la obra original de Naoko Takeuchi. Como nunca leí el manga, esto le sumaba puntos pero tampoco había que ignorar que ese primer anime forma parte del acervo de mi adolescencia. La nostalgia despertó en mí un entusiasmo inusitado.

La nostalgia es una cosa curiosa: se vale de ese mecanismo mental que reconstruye una y otra vez nuestro pasado para hacerlo acorde a nuestros deseos presentes. En mis recuerdos, pasé muchos buenos momentos viendo Sailor Moon y eso me hizo suponer que volvería a disfrutarla con igual intensidad, veinte años después. Y así fue, los primeros tres o cuatro capítulos.

Luego me dio flojera. Empecé a notar que los episodios nuevos se iban acumulando en mi lista de espera, cosa que era significativa, pues sólo salían cada dos semanas. Cada vez que trataba de ponerme al día, me sorprendía darme cuenta que ya llevaba dos meses de retraso.

Lo más simple sería achacárselo a su mala calidad. La nueva animación, que pretendía emular los diseños originales de Naoko Takeuchi mejor de lo que lo había hecho el anime de los años noventa, no satisfizo a muchos: las Sailor Senshi les parecieron demasiado flacas, con los ojos demasiado grandes, con las voces demasiado chillonas. La historia presentaba huecos insuperables y estuvieron ausentes algunos eventos que hicieron de su versión anterior memorable. En suma: un fiasco.

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Sailor Moon Crystal

Pero, pensándolo bien, lo que ocurre es que Sailor Moon es un fantasma de otros tiempos.

En su momento, por diversas razones, fue un verdadero parteaguas para el género magical girl. Recientemente, el profesor de la Universidad de Tennessee, Jon LaCure, publicó un estudio (Sailor Moon and Postbubble Japan, 2015) sobre el manga original, al que comparó con la primera versión animada. Bajo la premisa de que las “personalidades y los objetivos de los superhéroes dependen de los valores y los problemas del periodo en que viven”, LaCure vio en la Sailor Moon de Takeuchi a una heroína que trasgredió el ideal feminista de su tiempo: no era atlética, valiente, trabajadora o ruda, como otras. En vez de eso, Sailor Moon era torpe, llorona, inconstante y dependiente. Para transformarse en heroína, Sailor Moon recurría al vestuario, al maquillaje y a los accesorios; no fue necesario un largo y penoso entrenamiento que la endureciera o sirviera para probar su valor. La transformación instantánea constituyó el principal agente del cambio y, paulatinamente, Takeuchi le proveyó también cualidades asociadas a cierta delicadeza femenina, que la convirtieron en un nuevo tipo de ícono sexual. El conjunto era algo con lo que, en suma, sus lectoras podían identificarse y aspirar a ser; lo que equivale a decir que las jovencitas de los noventas no se identificaban más con el estereotipo feminista de la mujer ‘varonil’. Buscaban, en palabras de Yuji Nunokawa (creador de otro célebre ejemplo de magical girl: Creamy Mami) “personajes que mostraran bondad, más que fortaleza”. Tiene sentido: en medio de una crisis económica que no se veía desde hacía varias décadas, al Japón de los noventas la fortaleza le estaba saliendo muy cara.

Sin embargo, LaCure argumenta que muchas de esas cualidades se perdieron en la primera versión animada. El staff, compuesto mayoritariamente por hombres, habría restado muchas de esas cualidades para hacerla más atractiva para el público masculino y así ganar el favor de sus patrocinadores: por ejemplo, aunque Sailor Moon siguió siendo, en lo fundamental, torpe, llorona, inconstante y dependiente, su personaje se desarrolló mucho menos que en la versión original de Takeuchi que le confirió cualidades contradictorias: su debilidad habitual contrastaba con la fortaleza que podía mostrar cuando la ocasión lo ameritaba, sus celos infantiles se acompañaban de la consciencia de ser objeto de deseo y sujeto deseante, al mismo tiempo (especialmente en su relación con Tuxedo Mask), etcétera. En el anime, sus características son más conservadoras e incluso los episodios de relleno (que siguieron la lógica del monstruo de la semana, con su moraleja incluida), se ocupan de resaltar los valores de la clase media de su tiempo.

Sailor Moon Uniforms

Bishoujo Senshi Sailor Moon

Concediendo razón a LaCure, la Sailor Moon de Takeuchi fue grande porque subvirtió los ideales feministas de su época y creó una superheroína con la que las niñas y adolescentes de los noventas se supieron identificar. La Sailor Moon del primer anime también lo fue porque, aun perdiendo muchas de las cualidades provistas por su creadora, supo llegar a un público más amplio –internacional, incluso– y sentó las bases sobre las que el género de las magical girls redundaría en los años siguientes.

Entonces, ¿qué pasó con Sailor Moon Crystal?

Que, lo que pensamos que sería una virtud; es decir, su fidelidad a Takeuchi, resultó no serlo. Que sus valores, sus estereotipos, su narrativa y sus moralejas no corresponden más con nuestras expectativas y nuestra visión del mundo.

En suma: que su público no existe más.

Sailor Moon Crystal fue producida por Toei Animation y está disponible mediante el servicio de Crunchyroll.

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Psicólogo, psicoanalista y especialista en temas sobre Japón, su cultura y su sociedad. Entusiasta de las historias y sus lenguajes.

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