Anime

#Análisis | Sword Art Online: Ordinal Scale

Sword Art Online era como mirarse en un espejo. Un espejo fue el primer ítem con el que Akihiko Kayaba proveyó a todos los jugadores que atrapó en Aincrad, y su efecto inmediato fue el de mostrar sus rostros tal como eran. Pero la metáfora va aun más allá. Morir en Aincrad equivalía a morir en realidad y eso se convirtió en otra clase de espejo: distinguió a los amigos de los enemigos, a los mezquinos de los generosos y a los valientes de los cobardes. La mayoría optó por la seguridad de los poblados, pero no fueron pocos quienes aprovecharon la situación para tornarse asesinos y ladrones. Ya sea que buscaran la gloria o la liberación, muchos otros se asociaron en cofradías dedicadas por entero a derrotar al laberinto.

Y luego estaba Kirito. Un aventurero solitario, aparentemente engreído, que escondía en su frialdad el terror que le causaba perderlo todo. Era un espadachín excelente, producto de las largas horas dedicadas a experimentar con la inmersión virtual, a quien el encierro hizo ver cuán aislado estaba en realidad. El amor de Asuna lo salvó de muchas maneras, pero quizá la más importante de todas es que le dio un motivo para pelear.

En Aincrad, Asuna descubrió aspectos de sí misma que no conocía. Se vio fuerte, capaz. Encontró razones para autoafirmarse y alzar la voz por lo que ella creía justo. Conoció el amor y la intimidad que da compartir la cotidianeidad y la esperanza en el futuro. Para ambos, el espejo que representó estar atrapados en Aincrad y enfrentar a la muerte significó también revalorar la vida. Fue una experiencia traumática y lamentable, pero liberadora en esa misma medida.

Muchas cosas han pasado desde entonces. Hicieron amigos y sobrevivieron, pero nunca olvidaron el horror.

Tampoco lo hizo la sociedad. Los mundos virtuales representaban el riesgo de perder la identidad y la vida. El AUGMA, un artefacto que renunciaba a la inmersión total para, en vez de eso, crear una realidad aumentada, fue bien recibido en este contexto pues era una manera de estar siempre navegando un mundo virtual, sin el riesgo que conllevaba la inmersión.

Como es de esperarse, la campaña de promoción del AUGMA abarcó muchas cosas: promociones y beneficios comerciales, información relevante para la vida cotidiana, comunicación, etcétera. Pero uno de sus principales atractivos fue participar en Ordinal Scale —juego que acompañó el lanzamiento del AUGMA— que era un sistema que no lleva a sus participantes a un mundo virtual, sino que ‘virtualizaba’ la realidad misma. Basado en números ordinales (de ahí el nombre), Ordinal Scale daba un rango a cada jugador y lo hacía merecedor de ciertos privilegios exclusivos.

Una campaña de esa envergadura no podría dejar de llamar la atención, pero como si todo ello no bastara, los usuarios de AUGMA pronto conocieron a Yuna: una idol virtual que ganaba popularidad rápidamente mediante su voz, carisma y misterio.

Los sobrevivientes de Sword Art Online recibieron como cortesía un dispositivo AUGMA, haciéndolos partícipes inmediatos de ese nuevo sistema y pronto se supo que en algunas misiones de Ordinal Scale estaban apareciendo jefes de piso de Sword Art Online. Esto atrajo la atención de Asuna, Klein y su antiguo gremio —Furinkazan— que muy pronto se incorporaron a la lucha, aportando su experiencia y sobresaliendo rápidamente.

En este punto de la trama hay un aspecto que me parece notable. En el momento me sorprendió mucho que cualquier sobreviviente de SAO estuviese dispuesto a reencontrarse con parte del horror de aquella vez; especialmente aquellos (como Asuna y Klein), que habían arriesgado sus vidas ante esas criaturas. Si había sido una experiencia traumática, ¿por qué querer revivirla? ¿Qué ganaban con eso?

Pensé en Sinon. Como recordarán, Sinon —que nunca jugó SAO— había vivido una experiencia traumática involucrando un arma de fuego y, paradójicamente, aliviaba parte de su ansiedad mediante Gun Gale Online, juego en el que era una francotiradora muy apreciada. Era como si, al poner a una experiencia el filtro de la virtualidad esperara que ésta se transformara en algo menos amenazante. Sabemos, claro, que no funcionaba así.

Por su parte, la película no abunda demasiado en ello, pero tampoco descuida el efecto que suele tener revivir estímulos asociados a eventos traumáticos. Eiji (el principal antagonista de esta historia) usa esos mismos estímulos para re-traumatizar a Klein y extraer así sus recuerdos sobre la experiencia de haber vivido en Aincrad y aunque él y su gremio son las primeras víctimas que muestra la cinta, las implicaciones de esos ataques focalizados no son aparentes sino hasta que le ocurre a Asuna: todos los recuerdos del tiempo que vivió atrapada en SAO comienzan a hacerse nebulosos y, más tarde, a borrarse.

Es en este punto en el que creo que el conflicto de cada uno de los personajes principales converge. Al perder sus recuerdos, Asuna no sólo olvida el horror: olvida lo que vivió con Kirito y los demás y todo el crecimiento de su personaje flaquea al perderse sus eslabones fundamentales. Como recordarán, desde antes de entrar a SAO, Asuna ya tenía discusiones con sus padres en torno a su futuro, sobre el que ellos querían decidir sin consultarle. Esas discusiones continuaron después, cuando ella decidió incorporarse a la escuela de sobrevivientes de SAO (volviendo a contravenir a sus padres) y, nuevamente, cuando su madre quiso interponerse en su relación con Kirito. A partir de las experiencias difíciles de SAO y ALO, Asuna creció hasta ir convirtiéndose paulatinamente en una chica valiente y decidida; una heroína en toda regla. El asalto perpetrado por Ordinal Scale amenazaba con arrebatarle todo eso.

En cambio, la postura de Eiji brilla por su inmadurez. Pese a haber sido miembro de los Caballeros de la Hermandad de Sangre —el gremio del que Asuna llegó a ser sublíder— Eiji nunca logró reunir el valor suficiente para enfrentar los peligros de salir al campo. Su cobardía le avergonzaba, pero halló solaz en la compañía de Yuuna, una chica que, en vez de pelear, dedicaba su tiempo a cantar para los demás y cumplir así uno de sus sueños. La historia entre estos dos terminó trágicamente: Yuuna murió derrotada por el juego y Eiji no fue capaz de ayudarla. Su mezquindad lo llevó a acercarse al profesor Shigemura, líder del proyecto del AUGMA y, por ende, de Ordinal Scale. Pero no era sólo eso, Shigemura fue profesor de Akihiko Kayaba y, al mismo tiempo, una víctima indirecta de SAO: Yuuna, la amiga de Eiji, era su hija.

Decididos a negar el pasado, Shigemura y Eiji usan Ordinal Scale para robar a todos los sobrevivientes de SAO sus recuerdos y así ‘revivir’ a Yuuna como IA mediante la tecnología de Aprendizaje Profundo. Yuna, la idol de Ordinal Scale, estaba basada en la hija del profesor y serviría como recipiente para la reconstrucción de Yuuna.

Kirito, Asuna y sus amigos son todos víctimas de SAO, pero, en cierto modo, también lo son el profesor Shigemura y Eiji. La diferencia entre unos y otros consiste en que los primeros supieron integrar en sí mismos la experiencia traumática y seguir adelante, llevando consigo sus aprendizajes. Los segundos optaron por negar ese pasado doloroso e intentar, valiéndose de la tecnología, ser como dioses y pretender gobernar sobre la vida y la muerte. Akihiko, cuyo ‘espíritu’ seguía residiendo de alguna manera en los servidores de SAO, sabía que aun en ese mundo que él había diseñado y gobernado ocurrían cosas que él no sabía explicarse e insinúa que hay ‘un poder que va más allá’.

El ejemplo claro es la conducta disociada de Yuna, la idol. Por un lado, la idol se limitaba a hacer sus respectivas apariciones y a resguardar los recuerdos robados. Por el otro, aparecía como espíritu e intentaba frustrar los planes de su padre, dándose cuenta de que estaba cometiendo un error muy grave y que revivirla (aun de esa manera) no iba a aliviar su pena o su culpa.

Como decía al principio, SAO es como un espejo y en él se refleja lo mejor y lo peor de quienes estuvieron involucrados con él. Ordinal Scale, no es sino un reflejo más, uno que muestra (como una fotografía) que el pasado también forma parte de nuestra identidad y que negarlo es absurdo y ridículo. El fracaso de Shigemura y Eiji es prueba de ello.

En sí, la película destaca varios de los aspectos que hicieron popular a esta historia: realidades paralelas, amistad, valor y heroísmo, pero también parte de la noción de que lo virtual no es falsedad, sino un aspecto más de la verdad y que, como toda creación, termina por adquirir vida propia. En este caso (y en otras historias que recurren a la idea de mundos paralelos) lo que importa es en qué medida sus protagonistas rompen los límites de sí mismos y se ajustan a las nuevas condiciones; es decir, en qué medida crecen. Eiji no sólo no creció: se fijó al estado que probablemente tuvo cuando se incorporó por primera vez a SAO: uno que sólo buscaba la experiencia de ser un aventurero sin tener que salir de su zona de confort. Ni siquiera el riesgo real de la muerte lo hizo crecer. Asuna era todo lo contrario y por eso no se resignó a perder sus recuerdos de SAO, pero tampoco se quedó esperando a ser rescatada. Quizá por eso Eiji la odiaba, porque ella era todo lo que él no. A nadie le gustan los espejos que no devuelven una imagen bella.

¡Comenta esta nota!
Categorias
AnimeReseñas

Psicólogo, psicoanalista y especialista en temas sobre Japón, su cultura y su sociedad. Entusiasta de las historias y sus lenguajes.
Un comentario
  • J.Xside
    29 Julio 2017 at 3:33 AM
    Deja un comentario

    Excelente análisis, al fin alguien cuerdo que entiende los puntos precisos tras “lo que se ve” y no suelta afirmaciones con el “hígado” sólo por dejarse guiar del mal día de otros “comunicadores”, cual borregos. Gracias.

  • Deja un comentario

    *

    *