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Reseña: Los Niños Lobo, el retrato ideal de una maternidad

En la naturaleza, el papel de una madre es preparar a sus crías para enfrentar al mundo. Los requerimientos varían de especie a especie, pero en todos los casos –incluso los más brutales–, se trata de lo mismo: que el mayor número posible de crías sea capaz de aventurarse exitosamente en este mundo hostil, pero hermoso. Es un proceso difícil, que no está desprovisto de complicaciones y contradicciones. En el mundo de lo humano, la pregunta que subyace en la ideología de la maternidad es siempre la misma: ¿cómo puedo proteger a mis hijos?

Uno de los muchos méritos que tiene la cinta Los Niños Lobo: Ame y Yuki (Mamoru Hosoda, 2012) es el de presentar la imagen ideal de una madre digna de tal nombre. Hana es madre de dos pequeños niños: la voluntariosa Yuki y el enfermizo Ame. Ellos son la única herencia que le dejó su difunto marido, un hombre lobo al que conoció mientras ambos acudían a la Universidad.

Hana, que siempre tuvo una mente abierta y una sonrisa para hacer frente a las vicisitudes de la vida, se sorprendió cuando conoció la naturaleza secreta de su novio. Aunque dijo que no, quizá sí tuvo miedo. ¿Quién no tiene miedo a lo desconocido? Pero, en vez de alejarse de él, Hana se dispuso a dejarse conducir a un nuevo mundo, oculto a sus ojos hasta ese entonces. Después de todo, ambos estaban en busca de lo mismo: un lugar tranquilo en el que vivir, en el que poder ser libres. Juntos, su soledad dejaba de serlo.

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Muy pronto encontraron la felicidad en la mutua compañía y los dos hijos que procrearon. Juntos decidieron que los criarían para ser lo que ellos quisieran ser, que los verían crecer para ser libres. Pero una fatalidad segó la vida de él muy prematuramente. El lobo cayó, al parecer, durante una cacería desafortunada. Quizá fue a causa de su instinto protector que buscaba, como otras veces, una buena presa para llevar a su manada. En plena ciudad y con una inclemente lluvia de por medio, Hana se vio de frente con la muerte de su marido y, como muchas otras cosas de ahí en adelante, tuvo que sufrirla sola y en silencio. Hana, que esperaba recorrer de la mano de su marido aquel nuevo mundo que vislumbró la noche en que él le mostró su secreto, ahora debía transitarlo sola. El deseo de ambos ahora recaía en ella.

Hana es, sin duda, mi mamá favorita en el mundo del anime. Si criar hijos no es cosa fácil, que éstos se transformen en lobos de vez en vez multiplica los problemas: si se enferman, ¿dónde es mejor llevarlos; con el pediatra o con el veterinario? ¿Qué hacer con las vacunas? ¿Pueden ir a la escuela? Con creatividad y mucho amor, Hana los condujo por los vericuetos caminos que llevaban a la montaña, aquel lugar en el que ella imaginaba que unos niños lobo serían más felices y estarían más seguros. En la ciudad no tenían nada más que miradas suspicaces y el constante peligro de ser descubiertos. En el campo, en cambio, los aires de libertad parecían más atractivos.

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No obstante, la vida del campo no es fácil.

Con unos pocos ahorros, una casa derruida y dos bocas que alimentar, Hana confió en lo que siempre le había dado resultado: los libros. No fue suficiente, sin embargo. Necesitó de un maestro, un sensei en todo el sentido de la palabra. Un hombre mayor, que le enseñó los secretos de la tierra, replicando –brevemente, porque de eso no se trataba la historia– la arquetípica relación entre un maestro y su discípulo. Hana era confiable y eso le valió la amistad de su sensei y, con ella, de sus vecinos.

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Es muy lindo ver cómo esos elementos que aparecen una y otra vez en la literatura, las películas y otros relatos encuentran cabida en lugares insospechados. Así como la imagen del sensei y su discípulo se muestran en esta historia, también la aparición recurrente – ¡y magnifica! – del campo y la sabiduría de la montaña envuelven con su manto protector al arquetipo tradicional de la madre.

Entre tanta magia natural y cotidiana, la crianza de los niños (ellos sí, genuinamente mágicos), se torna menos angustiosa, pero no desprovista de sus singularidades. Yuki siempre pareció muy cómoda con su naturaleza dual. Jugaba y corría lo mismo en forma de niña que de loba. Deseaba ardientemente ir a la escuela y conocer más niños, pero Hana temía que no pudiera controlar su naturaleza. Ame, en cambio, siempre buscaba el regazo de su madre y pocas veces se le vio relajado. Al menos no hasta el primer invierno que pasaron en la montaña, que fue crucial para él: descubrió que su naturaleza real era aquella que tanto le habían enseñado a ocultar. Menos proclive a ir a la escuela y socializar, como hacía su hermana, Ame encaminó sus pasos a la montaña y conoció a su propio sensei.

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Así, los dos pequeños siguieron caminos radicalmente diferentes. De eso se trató desde el principio, pero Hana no supo reconocer las señales inmediatamente. Cuando su hijo, de sólo diez años de edad, mostró su voluntad de seguir el camino del lobo, ella no lo entendió. Aunque a sus ojos seguía siendo un niño, en su naturaleza era ya un adulto.

Por su parte, Yuki descubrió el amor. Una experiencia eminentemente humana, que compartía con sus padres. Pero aunque había elegido un camino diferente al de su hermano, en ambos estaba latente la confianza que Hana les enseñó a tener. Creyó que no había hecho aún nada por ellos, pero, en realidad, les había mostrado, con su ejemplo constante, lo que costaba la libertad. Había imbuido en ellos la capacidad de confiar en otros y la fortaleza que sólo viene con el amor. En suma, los preparó para el mundo. Los encaminó a que la dejaran sola.

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Esta soledad, sin embargo era muy diferente de la que partió. No era una muchacha triste en sus años universitarios, pero la alegría de entonces no puede compararse, de ninguna manera, con la que viene con el lejano aullido de la libertad.

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Dirigida por Mamoru Hosoda (La chica que saltaba en el tiempo, Summer Wars), Los Niños Lobo: Ame y Yuki fue merecedora del premio a Animación del Año por parte la Academia Japonesa, Mejor Animación por los Premios Mainichi y la Feria Internacional de Anime de Tokio, así como otros galardones internacionales.

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Psicólogo, psicoanalista y especialista en temas sobre Japón, su cultura y su sociedad. Entusiasta de las historias y sus lenguajes.

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