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#Reseña: Osomatsu-san, bajo la sombra de las décadas pérdidas

El primer capítulo de Osomatsu-san es una locura, pero no miente: para celebrar el octogésimo aniversario del nacimiento de Fujio Akatsuka (fallecido en 2008), una de sus más famosas creaciones volvió a la televisión japonesa: los hermanos sixtillizos Osomatsu, Karamatsu, Choromatsu, Ichimatsu, Jyushimatsu y Todomatsu. Pero, ¿cómo puede volver un anime de la era Showa a ser popular? ¿De qué estrategias tiene que valerse? ¿A qué público puede apelar?

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Creo que, si la tomamos en serio, bien puede ser una preocupación legítima. Después de todo, no son pocos los críticos que señalan al anime como un producto repetitivo y soso: ya sea porque “ha perdido ambición” —como dice Megumi Hayashibara—; porque no es sino “una combinación de elementos que, extraídos de una base de datos, carecen de la capacidad para producir grandes narrativas” —como dice Hiroki Azuma—; o bien, sencillamente porque se trata de “un error” —como dice Hayao Miyazaki—. Puesto así, no es un panorama muy alentador.

Sin embargo, Osomatsu-san triunfó. Como si hubiesen querido burlarse en la cara de Azuma, los sixtillizos y compañía dedicaron todo ese primer episodio a combinar, uno tras otro, decenas de elementos que han hecho populares a otras series: protagonistas carismáticos con habilidades imposibles, romances incipientes, clubes deportivos, idols y hasta un Titán Colosal.

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Nada de eso duró demasiado, pero tampoco le hizo ninguna falta. Si Osomatsu-san salió avante no fue porque se amoldara a las corrientes de nuestro tiempo, sino porque eligió seguir siendo fiel a sí mismo.

Decía al principio que Osomatsu-kun era un anime de la era Showa, pero en realidad fueron dos: el primero se produjo en los sesentas y el segundo, en 1988. Ambos relataban las aventuras de los hermanos (demasiado parecidos entre sí como para que pudiera diferenciarlos su propia madre), en un Japón que gozaba de la tranquilidad del milagro económico y podía hacer mofa abierta de sus costumbres anticuadas que entonces, como ahora, se asociaban a cierto atraso cultural. Nada más basta ver el primer episodio de la versión de los ochentas para darse cuenta de su discurso de fondo: ser un perdedor es cosa de risa.

Lo que siguió es historia: Japón entró en una recesión económica que dura hasta ahora. Siendo un país desarrollado, con grandes compañías trasnacionales asentadas en su territorio, los efectos de la crisis no se han dejado sentir tan inmediatamente, pero poco a poco van apareciendo sus fracturas: los jóvenes japoneses tienen cada vez menor acceso a empleos permanentes, bien pagados y con prestaciones; la población declina y la brecha entre los ricos y los pobres se hace paulatinamente más amplia.

Este contexto no es evidente en el anime, pero no es difícil adivinarlo. Entrados en sus veintes, los sixtillizos engrosan las filas de los NEET (es decir, Not in Education, Employment or Training), siguen siendo vírgenes y no tienen ninguna aspiración en la vida. Sus padres no ven más remedio que seguir manteniéndolos, en parte por amor, pero también por lástima. Y ellos, quizá demasiado conscientes de sus limitaciones, se dejan consentir en ese sistema que los desprecia, pero les permite continuar. No son los únicos perdedores: casi todo el elenco está atorado de una u otra manera.

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Creo que parte del éxito de Osomatsu-san consiste en reflejar tan descaradamente las fracturas de su sociedad. Capítulo tras capítulo, broma tras broma, lo que vemos es a una pandilla que ansía encontrar un lugar en el mundo, pero que se regodea en el fracaso. Personajes que se resisten a cambiar, a mirar más allá del pequeño círculo de sus narcisismos. Estamos autorizados a reír, acaso porque podemos decir que no somos como ellos; nosotros sí tenemos empleo o escuela, la mente llena de sueños y promesas, comida caliente en casa, títulos universitarios colgados de las paredes y compañía en el dormitorio. Pero quizá la risa también puede venir de otro lado. La semilla de la inercia siempre puede encontrar tierra fértil en lo más recóndito de nuestras rutinas y entonces la risa ya no es resultado de la burla sino del nerviosismo que acompaña la identificación. Es fácil reconocerse (aun sin ser japonés) en esas caras que son casi idénticas y sentir cariño genuino por ellos.

Acaso porque, no tan en el fondo, su fragilidad es también nuestra.

Osomatsu-san se transmitió entre octubre de 2015 y marzo de 2016. Fue producida por el estudio Pierrot, dirigida por Yoichi Fujita y escrita por Shu Matsubara. Está disponible mediante el servicio de Crunchyroll.

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Psicólogo, psicoanalista y especialista en temas sobre Japón, su cultura y su sociedad. Entusiasta de las historias y sus lenguajes.

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