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Visitando la Comiket: Propiedad intelectual y cultura otaku

Tokyo Big Sight
Mi 2015 terminó con una visita a Tokio para asistir al Comic Market (Comiket) 89. Para mí fue la segunda vez. Tuve mi primera oportunidad el invierno pasado, la edición 87. Entonces sabía que se trataba de un evento importante para la llamada sub-cultura otaku, pero creo que nada podría haberme preparado para la experiencia. Según datos oficiales, durante los tres días que duró fue visitada por alrededor de 560,000 personas.

Desde 1996 Comiket se realiza en el Tokyo Big Sight, un imponente centro de convenciones que también será protagónico en los próximos Juegos Olímpicos de 2020. Sus enormes pabellones albergan, en la actualidad, cerca de 35,000 círculos creativos que no sólo se especializan en doujinshi; también se puede encontrar videojuegos independientes, fanart, artesanías, novelas, accesorios para juegos de rol, etcétera. Hay, además, un pabellón dedicado a representantes de la industria que aprovechan la ocasión para promover sus trabajos (y, de paso, ofrecer a los fans productos conmemorativos relacionados).

La organización es sorprendentemente eficiente. Ya sea que llegues por la línea Yurikamome (que pasa a través del Rainbow Bridge) o mediante la línea Rinkai, miembros del comité organizador se ocupan de la difícil tarea de guiar a los miles de visitantes desde el interior mismo de las estaciones para que el ingreso al Tokyo Big Sight sea rápido y eficaz.

En las filas es posible observar que la gente que acude es muy diversa. Aquí y allá puede verse a algunos de los otaku más estereotípicos, pero lo cierto es que no son, de ninguna manera, una mayoría. Predominan los jóvenes y hay muchísimas mujeres cuyas edades, en un cálculo muy rudimentario, oscilan entre los doce o trece años y los veinticinco. De hecho, de acuerdo con datos provistos por el comité, las mujeres han sido las participantes predominantes como asistentes tanto como miembros de los círculos creativos.

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Una parte significativa de los asistentes acude con uno o varios objetivos claros. No están ahí para pasear o curiosear: buscan círculos y objetos específicos y planean cuidadosamente su ruta. En su misión, un aliado fundamental es el catálogo del evento, que se publica con antelación.

Otra de las actividades que han hecho célebre a este evento es el cosplay. Cientos de cosplayers se dan cita en el área abierta del recinto para ser fotografiados por otros visitantes. Muchos de estos aficionados están equipados con cámaras profesionales y aprovechan al máximo su pericia para obtener la mejor toma posible. Como un ejemplo de la naturaleza interactiva de la cultura otaku, los cosplayers no son sólo observados; muchos de ellos también cambian de rol y se lanzan a fotografiar a otros. Aunque no es lo más usual, tampoco es extraño ver a algunos negarse a ser capturados por la cámara de algún otro.

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Dada su naturaleza, eventos como este están, actualmente, en el ojo del huracán. Según su declaración oficial, Comiket es un espacio a través del cual se “alientan esfuerzos creativos para romper el molde de lo establecido en el seno de las publicaciones comerciales y otras formas convencionales de expresión, así como apoyar a aquellos que investigan y celebran esta particular manera de encaminar el esfuerzo creativo”.

Desde su origen, la reunión ha privilegiado el trabajo creativo de los fans. Embelesados con los universos, las historias o los personajes muchos contribuyen a enriquecerlos aportando sus propias fantasías -muchas veces sexuales-. Ocasionalmente, incluso los propios creadores han aprovechado el espacio para reimaginar a sus personajes fuera de los confines del mainstream. Esta forma de consumo activo ha dado lugar a la peculiar interacción entre el medio y los fans que todos conocemos y de la que una parte y otra han resultado beneficiados. Es una de las marcas más distintivas de la cultura otaku, en sus diversas encarnaciones.

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Escena en la Comiket, en el episodio 08 de Saekano

Las cosas, sin embargo, parecen estar orientándose en otro sentido. Paulatina, pero consistentemente el gobierno japonés y los representantes de la industria del manga y el anime han tratado de atajar el problema de las violaciones a los derechos sobre la propiedad intelectual mediante el endurecimiento de las penas a infractores acusados de subir a Internet material ilícito, la solicitud de cierre de sitios de distribución ilegal (principalmente en China) y la inversión en canales oficiales como Crunchyroll, Hulu y Netflix.

No obstante, Japón no está solo en esa preocupación. El acuerdo de cooperación Trans-Pacífico, impulsado por los Estados Unidos, prevé una serie de medidas que, al estar orientadas a preservar y expandir el dominio de las casas editoriales y productoras, podrían constreñir de manera significativa la creación de material basado en sus trabajos; léase doujinshi, fanart, cosplay, citas, reseñas e incluso investigación. Es decir, la esencia misma de Comiket.

Esta cuestión resulta un tanto irónica, debido a que la industria del anime, manga y relacionadas ha funcionado desde siempre de la mano de esa interacción y consumo activo del fandom, que pocas veces se contenta con recibir y digerir un producto terminado: necesita apropiárselo de diversas maneras. Comiket es un evento que celebra ese consumo activo y, aunque la asistencia parece ir disminuyendo, sigue atrayendo a propios y ajenos como parte de un movimiento que ya no es exclusivo de los otaku estereotípicos o de Japón, sino de todos los que amamos a estos personajes e historias y que, por lo tanto, no podemos dejar de sentirlos propios.

Aunque, personalmente, no estoy en contra de que se respete el derecho a lucrar con la propiedad intelectual, creo que es importante tener en cuenta los límites. La ambición de los grandes capitales podría terminar asfixiando la cultura que tanto enriquece sus propios trabajos y convertirse, a la larga, en la verdadera muerte del medio como lo conocemos. Después de todo, la propiedad intelectual sólo tiene valor real cuando es capaz de penetrar el espíritu y es imposible aceptar que de dicho vínculo no resulten nuevas variantes. El derecho de contarnos historias nace de la necesidad ancestral de hacerlo. Nos es natural. Las historias son -sería necio negarlo- un importante motor del desarrollo cultural y eventos como Comiket y lo que representa son su materialización.

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Psicólogo, psicoanalista y especialista en temas sobre Japón, su cultura y su sociedad. Entusiasta de las historias y sus lenguajes.

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